Cuando la guerra llega
a domicilio
En “En
la distancia” (In the Distance), el alemán Florian Grolig ha creado una animación
que técnicamente es en extremo simple tomando en cuenta que se
dibuja sobre un imaginario plano general, donde la falta de
movimiento del escenario facilita el proceso de trabajo. Sin embargo,
como todo buen animador sabe, siempre es mejor simplificar las cosas
y hacerlas de tal forma que el enfoque siempre esté destinado a
contar una buena historia. Lo ingenioso en “En la distancia” se
encuentra en como usa estas condiciones a su favor para desenmarañar
una narrativa donde la guerra hace su aparición.
En este caso
tenemos una casa de la cual no conocemos a ciencia cierta su
ubicación, donde lo raro en ella es que a pesar de que la estática
perspectiva no nos permite ver con exactitud qué tan alto se
encuentra, sí nos permite dilucidar que está a una altura lo
suficientemente considerable. ¿Cómo le hace el sujeto que la habita
para vivir en este muro de concreto a chorrocientos metros de altura?
Algo de esta interrogante es respondida durante el inicio, que se
desenvuelve como si observaramos a un naúfrago en una isla de
concreto. Como no podemos ver completamente el interior, el
movimiento más enriquecedor es el que ocurre en el techo, aunque el
diseño es lo suficientemente audaz como para dejarnos ver lo que
sucede en una ventana donde asoma una maceta y a través de la puerta
que vemos de frente, la cual evidentemente da hacia el precipicio.
Como
dicta el refrán, “si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a
Mahoma”. Si la pizzas se entregan a domicilio, aquí lo que llega a
la puerta en menos de 30 minutos es la guerra. Sin importar que este
inquilino de las nubes intente aislarse de la realidad, la realidad
ha tocado a su puerta en forma de balas y destrucción. Aquí el
diseño sonoro toma una importancia bárbara desde el momento en que
se escucha como se avecina una tormenta y el sonido de las
explosiones, junto con el caos, se van aproximando a la ubicación de
este hombre exiliado de la sociedad. La forma en la que Florian
Grolig se las ingenia para que el escenario cambie, a pesar de que
todo conserve la misma perspectiva, es en extremo valiosa. La
ubicación es la misma pero los colores, la iluminación y las
circunstancias van evolucionando acordemente.
Si bien
en ficción con actores este tipo de filmación donde la cámara
suele permanecer estática en cada escena es bastante común (Austria
tiene a Michael Haneke, Suecia tiene a Ruben Östlund, México a
Michel Franco, etc.) en la evolución de la animación se ha perdido
bastante el gusto por filmar de esta forma. En animaciones europeas
como las que hacía Donio Donev en Bulgaria, con todo y que varias de
ellas ocurrían en una sola locación solían tener la sensación de
movimiento. Florian Grolig no lo hace, toma esta decisión arriesgada
de que la toma esté fija. “No muevas la cámara, mueve la historia”
parece ser su mantra y lo hace con verdadera habilidad confiando en
que el espectador sabrá poner atención a los detalles, con el
lejano y diminuto protagonista moviéndose en este rascacielos
solitario. No luce como un escenario teatral, sino como uno totalmente cinematográfico.
Si Florian Grolig es un formalista valiente, su inquilino
protagonista tendrá que tomar algunas duras decisiones ante lo que
sucede a su alrededor con la animación llegando hasta sus últimas
consecuencias. No importa qué tanto haga uno por aislarse de la
sociedad, lo que ocurre en el mundo eventualmente tocará a la puerta
y el cómo uno se enfrenta ante estas eventualidades es lo que puede
lograr la diferencia. Es por ello que las últimas dos secuencias en
“En la distancia” son cruentas y desgarradoras a partes iguales,
pero de cierta manera, también esperanzadoras.

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