¿Sueñan los
deshollinadores?
Hay veces en que los cineastas se
encuentran con algún músico que se vuela la barda de manera tan
impactante que uno no puede separar la escena de la música en la
mente. El ejemplo más sencillo y uno de los más conocidos, la
escena de la bañera en “Psicosis” (Psycho), de Alfred Hitchcock
con música de Bernard Herrmann. El director estonio Priit Tender,
armado con una banda de cinco animadores sobresalientes, han sido
afortunados en encontrar en el guitarrista Rainer Jancis a uno de
esos músicos que de plano eleva las cosas a un nuevo nivel. Por si
sola, “Casa del Subconsciente” (Alateadvuse maja) ya es lo
suficientemente extraña como para intrigar al espectador. Añádale
la música y las cosas explotan de manera espectacular.
La animación toma una estructura
típica de videojuego con un protagonista que va subiendo a distintos
escenarios donde habrá algún jefe de nivel dispuesto a darle un
toque bizarro a todo el asunto. Mas que enfrentamientos con estos
seres monstruosos, la disputa se centra en observar las interacciones
del protagonista con estas criaturas. Probablemente no sea
completamente necesario saberlo de antemano para poder disfrutar del
viaje, pero pudiera ayudar a poner las cosas bajo cierta perspectiva,
las animaciones se basan en los sueños recurrentes que poseen las
personas que se dedican a limpiar chimeneas. El guión toma esta
estructura donde el protagonista, con deshollinador en mano, tiene la
misión de ir de un sueño a otro a través de distintos portales.
Tenemos al protagonista en un inicio caminando bajo la niebla, el
cual decide entrar a esta casa donde comienzan a ocurrir cosas
extrañas. Lo que le sucede tiene su dosis de erotismo y de pachequez
por igual, lo sensacional de la estructura es que juega con el mundo
de los sueños de tal manera que brinca de uno al otro pero al mismo
tiempo no pierde el sentido de una narración lineal, mezcla lo
onírico con una forma narrativa sumamente sólida.
Como ya anticipa el título, en “Casa
del subconsciente” el inconsciente es el que ha tomado posesión de
todo lo que acontece dentro de este recinto. La animación mezcla el
rojo con el azul de maneras brillantes, el tono es oscuro, los
monstuos parecieran no tener volumen como si se tratara de recortes
fantasmales, habrá un momento en que veamos una animación dentro de
otra animación a través de cierto libro, alguna perversa seducción
y personajes transformados en sombras. En general el ambiente es
propio de una casa de los sustos, los niveles del absurdo llegan
incluso a una secuencia donde se sirve a algún bebé como cena. Hay
un toque de terror en todo esto, con misteriosas secuencias siempre a
punto de estallar en mil pedazos.
Aquí es donde entra la música de
Rainer Jancis, con una composición de blues sumamente básica, pero
letal. Resucitando el espíritu del guitarrista Link Wray, en un
inicio no son las notas lo que causa revuelo, sino el tono de su
guitarra. Más que una verdadera distorsión, el sonido luce como si
se hubieran perforado las bocinas dándole un caracter sucio que
acompaña de forma pesada a los monstruos que habitan los cuartos de
la casa. Luego llegarán los armónicos de la guitarra anticipando
que algo más extraño está por venir. Y cuando la secuencia
climática está por ocurrir, se añaden unas percusiones (Pelle
Louk) con una voz femenina (Kadri Voorand) incluída que cambia por
un momento el blues por un enfrentamiento circense que pretende
elevar todo a niveles épicos, anticipando que esto se va a
descontrolar. Y se decontrola, cuando llegamos al final, entrará por
completo la banda de blues con batería (Margo Pajula) y grave voz
masculina (Steve Vanoni) para convertir el clímax en una previsible
pero espectacular secuencia de horror puro. El protagonista hará
algo danzando al ritmo de la música, transformado en un monstruo
más. Es una pesadilla por la vocación. Una pesadilla extremadamente
alucinante.

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