lunes, 9 de mayo de 2016

¿Dónde está mi corona? (Where's my crown?)




 Abusiva glotonería


Si “Tiempo Chuck” (Chuck Time) funcionaba como carta de presentación de los Angry Birds, “¿Dónde está mi corona?” (Where's my crown) tiene la ingrata labor de hacer lo mismo pero con los villanos de la historia. En el mundo de los Angry Birds, los cerdos son esos chicos malos que se quieren robar los huevos de las aves enojonas para el desayuno, la comida y/o la cena. “¿Dónde está mi corona?” no narra nada de ese conflicto reiterativo entre aves y cerdos. En vez de eso, se enfoca en contar una historia con el rey de los cerdos como protagonista. 

El rey, eso sí, es un glotón enfermizo que se come hasta el plato. En su cruzada contra el hambre, la suya, huele algún exquisito platillo que viene de fuera del castillo, así que decide salir a tragar alguno de esos bocadillos, mas en su desesperación, se le cae la corona al salir, ante lo cual nadie lo puede reconocer como el rey. Si uno se la piensa un poco, el conflicto no tiene demasiado sentido, aunque ahí hay algo interesante, ¿en dónde radica el poder de un tirano sobre sus súbditos? El poder se altera justo en cuanto los subordinados no reconocen al otro como su superior. Desde luego que el director Kim Helminen y sus guionistas Niklas Lindgren e Ian Carney no son tan ambiciosos, su chamba es sacar la historia en tres minutos por lo que cualquier asomo de complejidad queda descartado. El problema de “¿Dónde está mi corona” reside en su premura, a diferencia de “Tiempo Chuck” donde aplicaba el voy despacio que tengo prisa dándose el lujo de poner otro final después de lo que parecía el final, aquí todo luce como hazlo en friega que sólo tenemos 3 minutos. 

Como nos muestran el reino y el castillo, la animación comienza a ser un poco más detallada. Hay un par de momentos bastante graciosos donde el rey “presume” su corona pero como no la tiene suena una fanfarria que se va distorsionando cuando el rey se da cuenta de que no trae nada en la cabeza. Al final uno concluye que el rey es un estúpido con poder, que el tipo que le hace la limpieza en el castillo es un descuidado que odia su empleo, que el cerdo que vende comida es un pequeño empresario del que abusan los poderosos, que los guardianes del castillo son unos tarados y que a cierto empleado de la construcción le gusta resolver sus problemas por medio de la violencia. Aún cuando pierde su poder, el rey sigue siendo un gandalla que no teme burlarse de las desgracias ajenas. Como diría José Alfredo, “no tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”. Y ni modo, la gandallez es típica del villano y de los poderosos, los cuales desgraciadamente muchas veces son ambas cosas.

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