martes, 3 de mayo de 2016

Yul y la serpiente (Yùl et le Serpent)



De gángsters juveniles y fantásticas simulaciones

Una motoneta se acerca velozmente a un paraje semidesierto. El sonido de los motores y los efectos del viento sobre las plantas sirven como presentación para mostrar el escenario en el que se desarrollará “Yul y la serpiente” (Yùl et le Serpent) dirigida por el francés Gabriel Harel. Los trazos son mínimos, la motoneta está apenas esbozada, aparecerá un automóvil del cual se aprecian sólo sus contornos, hay alguna torre igualmente dibujada con unas sencillas líneas, las tonalidades son grisáceas simulando un falso blanco y negro, y los rostros de los personajes son tan punzantes como su personalidad. Yul y Dino (voces de Didier Michon y Théo Bertrand, respectivamente) son dos delincuentes juveniles que acaban de realizar un atraco a una inocente anciana y están por reunirse con Mike (voz de David Ribeiro), el jefe de Dino, para entregar el botín. La cuestión es que a Mike no le parece que Dino haya traído a su pequeño hermano y mucho menos que éste le haya ayudado con el robo. Mientras Mike discute con Dino, el viento sopla, provocando que Yul descubra una serpiente en medio de las plantas y es entonces cuando el color y la música hacen su aparición.

Lo notable en “Yul y la serpiente” es como construye una usual escena de encuentro entre delincuentes que detona en violencia con un aire de fantasía sin perder de vista el carácter de sus personajes. Yul podrá ser un pequeño niño delincuente burlón, pero está diseñado como un personaje inocente y juguetón. Dino demuestra con sencillez desde un inicio que se preocupa por su hermano, aunque goza de un caracter pusilánime que pone en entredicho el que pueda defenderlo. Mike en cambio, es un tipo de mecha corta bastante violento sin ningún tipo de respeto hacia la vida. La forma en la que se contraponen ciertos valores es lo que la hace una obra más compleja de lo que pudiera aparentar: Mike humilla a un animal pero ama a cierta mascota suya, Dino participa activamente en la violencia inicial pero actúa de forma pasiva cuando esta sale de control, la trama parece que sale en defensa de los derechos de los animales pero a su vez los utiliza como armamento y los victimarios pueden transformarse tanto en víctimas como en verdugos de un instante al otro.

A pesar de toda esa violencia, hay algo sumamente bello en todos esos pequeños detalles: la forma en que los cabellos de Yul son mecidos por el viento con trazos igual de sencillos, la aparición del color en su rostro, su manera de correr imitando a la serpiente que persigue y la forma en que la música de Freddy Leclerc va haciendo su aparición de forma cada vez más decidida serpenteando como una escala de notas electrónicas adornadas por el cascabel de una serpiente. “Yul y la serpiente” tiene un lance fantástico, todo éste cargado en un espectacular clímax en el que Gabriel Harel demuestra que en un mundo lleno de personas horribles y criaturas manipulables, las bestias no está exentas de cierta nobleza, y entre los delincuentes no sólo puede haber redención, sino también hermandad.

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