De gángsters juveniles
y fantásticas simulaciones
Una
motoneta se acerca velozmente a un paraje semidesierto. El sonido de
los motores y los efectos del viento sobre las plantas sirven como
presentación para mostrar el escenario en el que se desarrollará
“Yul y la serpiente” (Yùl et le Serpent) dirigida por el francés
Gabriel Harel. Los trazos son mínimos, la motoneta está apenas
esbozada, aparecerá un automóvil del cual se aprecian sólo sus
contornos, hay alguna torre igualmente dibujada con unas sencillas
líneas, las tonalidades son grisáceas simulando un falso blanco y
negro, y los rostros de los personajes son tan punzantes como su
personalidad. Yul y Dino (voces de Didier Michon y Théo Bertrand,
respectivamente) son dos delincuentes juveniles que acaban de
realizar un atraco a una inocente anciana y están por reunirse con
Mike (voz de David Ribeiro), el jefe de Dino, para entregar el botín.
La cuestión es que a Mike no le parece que Dino haya traído a su
pequeño hermano y mucho menos que éste le haya ayudado con el robo.
Mientras Mike discute con Dino, el viento sopla, provocando que Yul
descubra una serpiente en medio de las plantas y es entonces cuando
el color y la música hacen su aparición.
Lo
notable en “Yul y la serpiente” es como construye una usual
escena de encuentro entre delincuentes que detona en violencia con un
aire de fantasía sin perder de vista el carácter de sus personajes.
Yul podrá ser un pequeño niño delincuente burlón, pero está
diseñado como un personaje inocente y juguetón. Dino demuestra con
sencillez desde un inicio que se preocupa por su hermano, aunque goza
de un caracter pusilánime que pone en entredicho el que pueda
defenderlo. Mike en cambio, es un tipo de mecha corta bastante
violento sin ningún tipo de respeto hacia la vida. La forma en la
que se contraponen ciertos valores es lo que la hace una obra más
compleja de lo que pudiera aparentar: Mike humilla a un animal pero
ama a cierta mascota suya, Dino participa activamente en la violencia
inicial pero actúa de forma pasiva cuando esta sale de control, la
trama parece que sale en defensa de los derechos de los animales pero
a su vez los utiliza como armamento y los victimarios pueden
transformarse tanto en víctimas como en verdugos de un instante al
otro.
A pesar
de toda esa violencia, hay algo sumamente bello en todos esos
pequeños detalles: la forma en que los cabellos de Yul son mecidos
por el viento con trazos igual de sencillos, la aparición del color
en su rostro, su manera de correr imitando a la serpiente que
persigue y la forma en que la música de Freddy Leclerc va haciendo
su aparición de forma cada vez más decidida serpenteando como una
escala de notas electrónicas adornadas por el cascabel de una
serpiente. “Yul y la serpiente” tiene un lance fantástico, todo
éste cargado en un espectacular clímax en el que Gabriel Harel
demuestra que en un mundo lleno de personas horribles y criaturas
manipulables, las bestias no está exentas de cierta nobleza, y entre
los delincuentes no sólo puede haber redención, sino también hermandad.

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