El recuerdo cotidiano que provocaba pena
En “Cuchara” (Spoon), el alemán
Markus Kempken crea una animación que se desarrolla en los recuerdos
de la niñez, una que nos indica que no todos esos recuerdos son
necesariamente gratos. Es un trabajo que parte de los traumas de la
infancia y en cómo estos pueden afectar la vida presente, en este
caso relatando una serie de memorias que tienen que ver con la
violencia intrafamiliar, la cual refleja como una herencia que se
pasa a través de generaciones y que deja una huella distinta en cada
uno de sus integrantes. Cuando nos enteramos del porqué del título,
observamos que es algo sumamente mordaz. Kempken no pretende dar
soluciones, sino más bien hacernos partícipes de ese lado
traumático, triste y desolador sin dejar de lado la belleza que
puede haber en ese dolor, dotando a la animación con un carácter
reflexivo que se torna un tanto poético. Los sufrimientos de la niñez se transforman en los traumas de la vida adulta.
Kempken recurre a la analepsis
mezclando el color con el blanco y negro, no necesariamente para
separar los tiempos pasado y presente porque parte de las animaciones
en color también ocurren en tiempo pasado, pero sí para diferenciar
qué momentos se quedaron impregnados como los más oscuros e
imposibles de superar. Si la tristeza crea compasión, hay también
una dignidad sobresaliente que invita al espectador a admirar al
protagonista, cuya voz es la del propio Kempken, quien pareciera que
está haciendo una honesta confesión sobre su propio pasado.
El arte es muy bonito, con un estilo
borroso, como si observaramos nubarrones en el caso del color y
bocetos a lápiz en en el caso del blanco y negro que complementan de
buena forma la historia que va recordando Kempken. Y probablemente
aunque no sea tan grato, el tema que trata sea uno con el cual es
fácil identificarse pues desgraciadamente no es algo poco común,
sobre todo en generaciones de hace 50-60 años. Lo que se agradece es
que Kempken al no ofrecer soluciones tampoco juzga a los
involucrados, sino que se limita a contar su historia. El pasado no
puede remediarse, pero el desahogo indica que la pesadumbre no tiene
porque vivirse en solitario, también hay que compartir las penas.

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