viernes, 22 de julio de 2016

Accidentes, torpezas y calamidades (Accidents, Blunders and Calamities)


Cuentos del infortunio para ir a dormir

“Accidentes, torpezas y calamidades” (Accidents, blunders and calamities) funciona como una versión muy libre del abecedario para niños no apto para niños conocido como “Los pequeños macabros” (The Gashlycrumb Tinies) de Edward Gorey. Dicho abecedario ilustrado contiene en pequeños versos ilustrados en blanco y negro, los nombres de niños pequeños y la forma absurda en que estos terminaron muriendo. A cada letra del abecedario corresponde un niño y su muerte. Siguiendo la misma estructura, pero con una animación computarizada a todo color, “Accidentes, torpezas y calamidades” plantea un universo similar pero reemplaza a los niños con animales. Las absurdas formas en las que estas criaturas mueren son causadas por los propios humanos y su indiferencia con el entorno. La obra tiene un sentido del humor totalmente negro y al cambiar a los niños por animales funciona también como una muestra de como el ser humano ha terminado invadiendo todos los hábitats donde estas especies se desenvuelven, lo cual termina causando su inminente deceso. Como dice el título de la película, el destino de estos animales es visto como una consecuencia de la mala suerte, de su propia torpeza o de su incapacidad para prevenir el peligro de estar cerca de los humanos, el estar en el lugar incorrecto en el momento equivocado.

El neozelandés James Cunningham dirige con un retorcido sentido del humor todo el asunto. Lo que vemos en pantalla y las rimas son contadas por un amoroso padre que le lee a sus hijos su libro favorito antes de dormir. Dicho padre, es un pósum, pariente neozelandés de las zarigüeyas, variación que conocemos en México como tlacuache. En Nueva Zelanda, estos marsupiales son considerados como una plaga que acaba con el ecosistema. El cómo equipara Cunningham a los humanos con los pósums como seres que destruyen todo a su paso sin ninguna consideración, que incluso se mofan de las desgracias ajenas, es una acertada decisión en este entorno con un macabro sentido del humor. Es muy graciosa, aunque quizás no debería serlo.

La animación tiene un estilo realista que busca contar cada muerte a través de diversos ángulos, algunos más ingeniosos que otros. En general, la perspectiva en la que vemos cada muerte está muy cuidada y bien resuelta, con excepción de la de el pulpo Ollie, la cual carece de claridad. Hay dos estilos marcados: el que predomina es uno en el que vemos primero al animal en cuestión de tal forma que en un principio no sabemos cómo es que le va a llegar su fin y el otro en donde la toma nos deja ver desde un inicio el artefacto que le provocará la muerte. El beneficio de esta estructura está en la expectativa que genera el no saber por donde llegará el golpe y por el otro lado la angustia de saber desde inicio cómo será el infortunio sin la posibilidad de hacer nada por el pobre animal. Hay una excepción, donde vemos primero el artefacto y después al animal, la cual se encuentra en un justo punto intermedio y está bien resuelta en el sentido de tener una buena dosis de ironía pues la desgracia del animal es a su vez una proeza deportiva del humano que la ejecuta.

El manejo que se le da a los humanos es intencionalmente difuso, siempre aparecen en segundo plano aunque sean los causantes del infortunio, incluso cuando aparecen con todo esplendor como en la escena del hockey, tienen un casco en el rostro. Se busca tener una clara separación emocional entre los humanos y sus víctimas como para recalcar la indiferencia de estos con el entorno.Y las animaciones de los animales además de apelar al realismo tienen esos movimientos torpes insertados en lo que lucen como escenarios que mezclan la animación con la acción real. La música a su vez es un vals de la muerte que se adorna con la voz de una soprano como para mezclar la alegría de la comedia con la épica de la desgracia. Recuerda un poco a alguno de los vals de Amélie Poulain donde suena el acordeón.

Desde luego que la trama no es novedosa, ya al inicio de “Ernie Biscuit” o de “Desperaux: Un pequeño gran héroe” (The Tale of Despereaux) se observa una serie de eventos desafortunados que involucran a los humanos con los animales en este tipo de situaciones. La diferencia está en que aquellas manejaban la desgracia como un mecanismo de relojería para luego contar otra historia, mientras que en “Accidentes, torpezas y calamidades” el argumento recae en la repetición y usa la misma a su favor. “El abecedario de la muerte” (The ABC of Death) y su secuela también ya plantean un territorio narrativo similar y la saga de “Destino Final” (Final Destination) también usa mucho de este planteamiento de jugar con la expectativa de ver por donde llegará la muerte a reclamar lo suyo. “Accidentes, Torpezas y calamidades” juega en esas ligas, pero buscando la fascinación de los niños por las desgracias, contándolas con gracia. Aunque seguramente habrá algunos padres a los que no les haga gracia que sus hijos vean el infortunio del mundo animal causado por los humanos en este universo donde la victoria de algunos es necesariamente la derrota de otros.

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