El ritual de la flauta que no era de pan
Un diseño no demasiado ostentoso,
mucho más interesado en crear una atmósfera; personajes con rasgos
crudos a los cuales les bastan pocas figuras geométricas para
establecer sus rostros; un estilo tribal de música con flautas y
tambores que retumban. Todo ello le va bien a la historia que se
cuenta, la cual no parece tan clara al inicio pero se va revelando
paulatinamente. El director peruano-brasileño Alois Di Leo cuenta la
historia de una niña temerosa de su propio éxito, ¿pero a qué le
teme exactamente? La respuesta a ese misterio es lo que ofrece este
“Camino de gigantes” (Caminho dos gigantes).
Un grupo de niños tallando madera se
dedica a construir flautas. El jefe de la tribu, el cual también da
la apariencia de ser el abuelo de estos niños, es el encargado de
dar el visto bueno para decidir cuál es la flauta mejor construida.
Cuando esta niña triunfa, ella expresa tristeza en vez de alegría.
Di Leo consigue de manera muy buena hacernos entender, a través del
comportamiento y las expresiones de sus personajes, que esto es un
ritual. Es una historia que apela al naturalismo ubicada en un
bosque con árboles gigantescos. El uso de la luz es fabuloso, es lo
que más destaca a nivel animación, incluyendo las escenas
nocturnas. El cómo la luz del sol y de la luna penetran por las
rendijas que dejan los árboles le otorga una belleza enorme a todo
el entorno. Di Leo propone algo ecológico, fiel a las tradiciones,
pero inyectándole sus propias obsesiones. La música sigue
tradiciones andinas con la flauta guiando tanto la melodía como la
narrativa. La niña tiene el nombre Oquirá,
el cual es también el nombre de una calle en la ciudad de São
Paulo. La niña es, de cierta manera, su propio camino.
Es una trabajo que va en contrasentido
de la animación anterior de Di Leo. Si en “El niño que quería
ser un león” (The boy who wanted to be a lion) un chico sordo se
negaba a pertenecer a un mundo artificialmente urbanizado, aquí la
protagonista es una niña que se niega a pertenecer a un mundo
naturalmente orgánico. En este choque de lo urbano frente a lo
natural, ambas animaciones tienen un punto de encuentro al tener
protagonistas que se niegan a aceptar las costumbres de su sociedad,
aunque las consecuencias del autoexilio de los protagonistas son muy
distintas en ambos filmes. Son trabajos que tienen pinta de
crecimiento juvenil, pero que deciden tomar rumbos opuestos en su
resolución, proponen un impacto que invite a la reflexión al mismo
tiempo que son congruentes con la historia que desarrollan. En este
mundo donde nada se crea ni se destruye, sino que sólo se
transforma, lo que se toma de la naturaleza, hay que devolverlo a la
naturaleza. “Camino de gigantes” transita por ese lugar donde
impera la ley de la conservación de la materia usando ornamentos
propios de la ficción para aprehender la idea que todo en la vida
tiene ciclos y el comprenderlos es parte de lo que nos hace madurar.
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