Algunos días eres el
parabrisas, algunos días el insecto.
El
australiano Adam Elliot, ganador del Óscar por el cortometraje
“Harvie Krumpet” y mayormente conocido por su largometraje “Mary
& Max”, comienza “Ernie Biscuit” con una serie de eventos
desafortunados que tocan a la puerta del protagonista. Reapropiándose
del estilo narrativo de Jean Pierre Jeunet y narrado
de forma soberbia por el actor John Flaus, “Ernie Biscuit” es una
historia llena de ingenuidad cómica que también goza de tintes
violentos, algo también muy típico del cine de Jeunet.
Estamos
en el París de 1966, donde los vagabundos leen “Los Miserables”
mientras que los sacerdotes de la catedral de Notre Dame leen
pornografía. El prólogo, muy al estilo que Jean Pierre Jeunet usara
en una escena de lágrima incluida en “La ciudad de los niños
perdidos” (La cité des enfants perdus), inicia con el estornudo de
un ave que descansa en lo alto de la catedral, el cual desemboca una
cadena de eventos en cascada llenos de ingeniosa comicidad, donde los
gatos, gárgolas, vagos, sacerdotes y caricaturistas provocan que
algo asome a la puerta del protagonista, el taxidermista nombrado
Ernie Biscuit (australianizado del nombre francés Ernée Bisquit).
Después del magnífico prólogo, la historia dará algunos brincos
en el tiempo, de 1938 a 1940 y a 1950. El estilo de estos flashbacks
bien podrían ser importados de otras cintas de Jeunet: “Amélie”
(Le fabuleux destin d'Amélie Poulain), “El joven y prodigioso T.S.
Spivet” (The Young and Prodigious T.S. Spivet) o bien “Micmacs”
(Micmacs à tire-larigot), usted elija.
Si
en el cine de Jean Pierre Jeunet lo extrañamente perturbador es
vencido por la terca ingenuidad, Adam Elliot lleva este homenaje no
sólo hacia su propio cine, también hacia su propia patria: El
protagonista viajará, contra su voluntad, de París a Australia. Ahí
habitará un carnicero que será de nueva cuenta una referencia hacia
la primera cinta de Jeunet, “Delicatessen”, acontecerá un
romance entre dos personajes tímidos pero no por ello menos intensos
y otra serie de graciosos acontecimientos, todos ellos animados en
perfecto stop-motion en blanco y negro. Con todo y el homenaje a Jeunet, el sello de la casa
no deja de ser predominante, la estructura de “Ernie Biscuit”
tiene demasiados puntos en común con “Harvie Krumpet”: la cinta
iniciará con una frase que pondera al fuerte frente al débil, hay
un protagonista que viaja de Europa a Australia, en algún momento
cambiará su nombre para hacerlo más australiano, tendrá una
minicrisis vocacional, sufre o goza de una discapacidad, usará sus
limitados conocimientos a su favor, habrá un bizarro romance y la
frase inicial será como un mantra que definirá la actitud del
protagonista ante la vida.
Lo
notable en el guión es como la vida de Ernie está construida de la
misma forma que el prólogo, es una cadena de eventos desafortunados
que responden a causas y efectos, pero si la evolución en el cine de
Adam Elliot ya apuntaba primordialmente a guiones cada vez más
elaborados, ahora también apunta hacia una animación construida con
mayor minuciosidad, pues en “Ernie Biscuit” el estilo visual toma
caminos transitados por la casa Aardman. La narración sería un
valor agregado al ingenio visual, de no ser porque el guión es igual
de prodigioso. Ernie
Biscuit es un tipo que se encuentra en una encrucijada, conoceremos
lo que le aconteció en su pasado, para luego contemplar su futuro a
través de sus decisiones en el presente. “Ernie Biscuit” habla sobre un hombre que
por azares del destino termina decidiendo que es tiempo de tomar las
riendas del suyo. Y por lo que hemos aprendido del cine de Adam
Elliot, el destino lo forja uno mismo, aunque sepamos que nos
gobierne el poder del azar.

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