La animación subordinada a la realidad
Mundos paralelos surreales, notas de
piano en cascada encaminadas hacia la locura y músicos dotados
sumidos en la ignominia. En “Disonancia” (Dissonance), el alemán
Till Nowak combina la animación con la acción viva para crear un
universo nolaniano onda “El Origen” (Inception), el cual irá
colapsando conforme el protagonista se dé cuenta de que su realidad
no se encuentra en dicho mundo de solitaria confinación animada.
Un músico con ayuda de su achichincle
se la pasa tocando un piano rotatorio cuyas teclas giran 360° en una
solitaria ciudad que parece elevarse sobre los aires. Paralelamente
veremos a dicho músico en el mundo real, tocando como un organillero
en la calle justo debajo del departamento donde vive su hija, a la
cual se le ha impedido ver. Lo que ocurre afuera, en la realidad,
influye en el mundo de animación en donde el protagonista se ha
exiliado, sin quedar claro si fue por voluntad propia o producto de
su falta de cordura. La demencial animación es magnífica, Nowak
construye un mundo arquitectónico que choca con la realidad, pero
que bebe de ella. En muchos momentos, el rostro del protagonista en
el mundo real es alterado para retratar su forma animada. Quizás lo
más hermoso de “Disonancia” no sea su extraordinaria animación
o la increíble banda sonora con ese piano desbocado, sino su
capacidad de fusionar ambos mundos de una manera enigmáticamente
bella. Y quizás el mayor reclamo es que después de atrapar nuestra
atención de manera tan poderosa, su conclusión no resulte tan
satisfactoria como lo que plantea: colapsar la locura por medio de la
razón, aunque la razón pueda obligarnos a renunciar a aquello que
más amamos.

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