Queremos pastel, pastel, pastel
El
primer episodio de las animaciones de “Pánico en la granja” (Panique au village), de
la cual llegaría mas adelante su versión en largometraje establece
a la perfección la dinámica tanto en animación como en personajes
de toda la serie: un par de hombres que se comportan como niños
causan problemas a su compañero de hogar, el cual toma el rol de
tutor ante el infantiloide comportamiento de sus amigos. El concepto
no es algo muy diferente de la serie “Friends” u otras similares,
pero al llevarlo al terreno de la animación aprovecha las
situaciones absurdas que se pueden generar utilizando el stop motion
como si sus personajes fuesen caricaturas.
Indio y
Vaquero, dos figuras que parecen juguetes de plástico animadas
rudimentariamente y cuyos nombres nos indican tanto su apariencia
como características, viven en la misma casa que Caballo
(literalmente un caballo que también tiene la apariencia de un
juguete de plástico). En “El pastel” (Le Gâteau), Indio y Vaquero molestan a
un oso salvaje que intenta comerse un lindo pescadito. ¿Por qué
fregados hay un pescado colgado de un árbol? Sepa la bola, pero
basta como pretexto para detonar la trama, pues el oso se enoja mucho
al ser molestado por estos dos adultos que se comportan como niños.
De vuelta a casa Caballo ha horneado un pastel pero como ya es muy
noche manda a los “niños” a dormir esperando que todos se coman
el pastel hasta el otro día. Uno puede imaginarse lo que ocurrirá
después cuando se tiene a dos niños glotones y mal portados que
quieren pastel.
Los
belgas Stéphane Aubier y Vincent Patar construyen su historia a
partir de estos dos elementos muy simples que además van colisionando
unos con otros: el oso enojado, el deseo del pastel y en medio de ellos el cuidador del
mismo. Los directores van acelerando el ritmo y volviendo cada chiste
más absurdo que el anterior, pero lo hacen de una manera muy
divertida y lo elaboran cada vez de forma mas compleja de tal forma
que todo se convierte en un caos organizado. Es un fiesta muy
relajienta lo que logran con estos personajes a la vez que simulan el
juego sin sentido que podría tener un niño con estas figuras de
plástico. Aquí los directores todavía no dominan por completo el
espacio cinematográfico, pero ya tienen dominada a la perfección la
parte narrativa. Si digo que no dominan el espacio cinematográfico
por completo es debido a que todavía hay ciertas composiciones un
tanto confusas, especialmente cuando deciden convertir un objeto en
cohete. Lo narran tan bien y lo editan aún mejor, que al final
de cuentas uno entiende las cosas, pese a que a nivel visual sea
difícil ubicar en algunos momentos a los personajes o saber que está
haciendo cada uno de ellos en algunos encuadres.
La
animacion siempre se ha caracterizado por ser rústica, cruda, básica
y artesanal, una característica que utiliza a su favor. Además se
pone énfasis en los sonidos, donde destacan los pasos de los
personajes los cuales son incesantes golpeteos que suenan como los trotes de un
caballo en el hipódromo o que resuenan también como golpes sobre la
madera. A estos le añaden otros elementos como el viento, grillos y
buhos nocturnos. Las voces son igualmente aceleradas, como de niño
jugando con sus figuritas de acción. No son tan claras en lo que
dicen, como queriendo que el espectador ponga más atención a lo que
sucede a nivel visual, pero sí logran comunicar una emoción a
través de la entonación. Y el clímax es acompañado de una música
de persecución con guitarras que recordaría a la de aquellas viejas
series western estilo Bonanza de no ser por que se le añade una onda
disco bastante bizarra, por lo que es una mezcolanza acorde con lo
ridículo de la situación.
“El
pastel” resulta entonces en una excelente presentación de estos
personajes pese a estos pequeños detalles visuales gracias a su
hilarante sentido del humor. Encuentra el ingenio en lo ridículo
gracias a sus grandes dotes narrativas.

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