Sydney: Sinfonía de un
gran asilo de ancianos
Un
universo donde los transeúntes se mueven al ritmo de su propia banda
sonora en un melodioso caos. Si algo sabe hacer bien el director
australiano Mikey Hill en “La orquesta” (The orchestra) es
establecer desde la primera secuencia el ritmo de un extraño mundo
musical. En “La orquesta” estamos en un mundo en donde cada persona es acompañada de su propio grupo
musical. Este grupo encabezado por diminutas personas que son
pequeños clones de su dueño se dedica a acompañar en vivo el
estado de ánimo de sus amos. Así, alguien en bicicleta transitara
velozmente a ritmo de las campanas, algún viejo en su balcón será
armonizado a través de un piano y los que se dedican a llevar a los
muertos tendrán su propia banda tocando marchas fúnebres. Usted
entiende la idea, si se encuentra triste, sus músicos estarán
tocando canciones para cortarse las venas.
En este bizarro universo, se encuentra
el protagonista, un anciano inseguro que tiene a sus enanos músicos
tocando de la misma forma: sin ritmo, sin seguridad, sin
conocimiento. Los músicos son casi un sustituto del lenguaje
corporal. La animación es radiante, colorida y amable. El concepto
es ambicioso, pero Hill decide optar por una narrativa mucho más
convencional en aras de hacerlo accesible a todo público. Es decir,
el protagonista intentará poner a sus músicos en cintura en pos de
un nuevo interés romántico. De esta forma, lo que veremos es un
trabajo que opta por un mensaje de superación personal al mismo
tiempo que manda otro sobre la aceptación de la personalidad propia.
Encauzarse a sí mismo esculpiendo (o componiendo) las mejores cualidades. Este modelo de tratar de encontrar la mejor versión de uno
mismo hace que el trabajo sea un tanto encantador. Es cursi y meloso,
más propio del pop que de los ritmos clásicos que manejan las
composiciones musicales de la animación.
Hay ingeniosos detalles: un letrero que
al igual que la música va cambiando según el estado de ánimo del
protagonista, una flor de cactus que refleja su carácter de dulzura
en estado espinoso, la elección en la instrumentación de cada
persona que aparece en la animación, la forma en que se puede
descontrolar el ritmo cuando uno de los personajes se pone nervioso y
la forma en la que los músicos interactúan con sus amos en una
continua improvisación. El principal mérito radica en ese
entendimiento musical que juega a través de la animación: cuando
los personajes musicales improvisan, consiguen los momentos más
emotivos del filme, sin embargo, es a partir de los ensayos rigurosos
donde consiguen pulir sus habilidades musicales. La animación
también es un reflejo de la narrativa, los tonos rosados radiantes
indican un optimismo desbordado aunque lo que ocurra alrededor en
ocasiones pueda ser bastante trágico o patético.
“La orquesta” es una animación que
indica como cada persona vive a su propio ritmo. Una en lo que lo que
sentimos se transmite a los demás de forma inmediata aunque uno
pretenda ocultarlo. Es por ello que propone que amarse con todo y sus
inseguridades es la única forma de comenzar a encontrar el
soundtrack más apropiado para acompañar nuestras vidas. Pop para
ancianos, pero bastante disfrutable.
