viernes, 30 de septiembre de 2016

La orquesta (The Orchestra)


Sydney: Sinfonía de un gran asilo de ancianos

Un universo donde los transeúntes se mueven al ritmo de su propia banda sonora en un melodioso caos. Si algo sabe hacer bien el director australiano Mikey Hill en “La orquesta” (The orchestra) es establecer desde la primera secuencia el ritmo de un extraño mundo musical. En “La orquesta” estamos en un mundo en donde cada persona es acompañada de su propio grupo musical. Este grupo encabezado por diminutas personas que son pequeños clones de su dueño se dedica a acompañar en vivo el estado de ánimo de sus amos. Así, alguien en bicicleta transitara velozmente a ritmo de las campanas, algún viejo en su balcón será armonizado a través de un piano y los que se dedican a llevar a los muertos tendrán su propia banda tocando marchas fúnebres. Usted entiende la idea, si se encuentra triste, sus músicos estarán tocando canciones para cortarse las venas.

En este bizarro universo, se encuentra el protagonista, un anciano inseguro que tiene a sus enanos músicos tocando de la misma forma: sin ritmo, sin seguridad, sin conocimiento. Los músicos son casi un sustituto del lenguaje corporal. La animación es radiante, colorida y amable. El concepto es ambicioso, pero Hill decide optar por una narrativa mucho más convencional en aras de hacerlo accesible a todo público. Es decir, el protagonista intentará poner a sus músicos en cintura en pos de un nuevo interés romántico. De esta forma, lo que veremos es un trabajo que opta por un mensaje de superación personal al mismo tiempo que manda otro sobre la aceptación de la personalidad propia. Encauzarse a sí mismo esculpiendo (o componiendo) las mejores cualidades. Este modelo de tratar de encontrar la mejor versión de uno mismo hace que el trabajo sea un tanto encantador. Es cursi y meloso, más propio del pop que de los ritmos clásicos que manejan las composiciones musicales de la animación.

Hay ingeniosos detalles: un letrero que al igual que la música va cambiando según el estado de ánimo del protagonista, una flor de cactus que refleja su carácter de dulzura en estado espinoso, la elección en la instrumentación de cada persona que aparece en la animación, la forma en que se puede descontrolar el ritmo cuando uno de los personajes se pone nervioso y la forma en la que los músicos interactúan con sus amos en una continua improvisación. El principal mérito radica en ese entendimiento musical que juega a través de la animación: cuando los personajes musicales improvisan, consiguen los momentos más emotivos del filme, sin embargo, es a partir de los ensayos rigurosos donde consiguen pulir sus habilidades musicales. La animación también es un reflejo de la narrativa, los tonos rosados radiantes indican un optimismo desbordado aunque lo que ocurra alrededor en ocasiones pueda ser bastante trágico o patético.

“La orquesta” es una animación que indica como cada persona vive a su propio ritmo. Una en lo que lo que sentimos se transmite a los demás de forma inmediata aunque uno pretenda ocultarlo. Es por ello que propone que amarse con todo y sus inseguridades es la única forma de comenzar a encontrar el soundtrack más apropiado para acompañar nuestras vidas. Pop para ancianos, pero bastante disfrutable.